miércoles, 18 de mayo de 2011

Tu propio despido



Os dejo aquí un artículo encontrado recientemente en uno de los emails que recibo frecuentemente y con el que comulgo al 100%


Jordi es un señor al borde de los 50, con canas y barriguita que le hacen parecer mayor. Podría confundirse con otros miles de Jordis, Jorges o Georges de no ser por una cosa: no para de hablar de su despido. Le conocí el otro día, en un sarao en casa de unos amigos, y me maravilló la facilidad con que sacaba el tema. Intrigada, le pregunté a la anfitriona: “Su psicólogo le ha dicho que no lo oculte, que hable de ello con naturalidad. Así se rehará antes”.


No sé si el de Jordi es un buen método para superar la situación, pero cualquier opción es mejor que quedarse en casa rumiando la propia desgracia. En The Company Men, la última película de Hollywood sobre la crisis, se nos presentan, a través de un reparto de relumbrón, diferentes maneras de afrontar un despido desde el mundo corporativo.


Un joven jefe de ventas con Porsche y un gran swing (el topicazo) que no acepta su situación hasta que se ve obligado a trabajar en la construcción para dar de comer a su familia antes de encontrar un trabajo similar al anterior, aunque peor remunerado.


Un jefe de departamento (la verdadera víctima) que ronda los sesenta y ha dedicado su vida a la compañía y que, incapaz de soportar la vergüenza social y la idea de que nadie va a volver a contratarle, se suicida.

Un alto directivo ya talludito (el héroe) que no comulga con la política de la empresa de sacrificarlo todo por el comportamiento de la acción y que, tras ser despedido, destina su indemnización y stock options convertidas en efectivo a una nueva aventura empresarial que da empleo a muchas personas.

A todo esto, el gran jefe y despedidor oficial (el villano) sólo parece preocupado por la construcción de la nueva y más luminosa sede de la compañía y el lugar que ocupará su bienamado Degas en su despacho, mientras se forra con el rally de sus acciones en bolsa gracias a los despidos.

The Company men no es un peliculón, pero da que pensar. En los tiempos que vivimos, con cerca de cinco millones de parados y subiendo, nadie está libre de la amenaza de un despido. Ni el último en llegar ni el que lleva más años en la empresa. Ni el bedel ni el directivo más antiguo.

Si la compañía tiene dificultades, echará gente a la calle. Si tiene liquidez, indemnizará a los trabajadores. Si no, ni eso. Punto. Es la vida misma. La empresa no está ahí para cuidar a sus empleados, por muy fieles que sean. Está para ganar más dinero y hacer cada vez más ricos a sus accionistas. Es la cara más amarga del capitalismo.

Y en estas estamos cuando empezamos a ver que el Estado del Bienestar se desmorona. Mi generación no sabe si podrá jubilarse a los 65, si cobrará la merecida pensión o si tendrá un hueco en el mercado laboral más allá de los 50. Las incógnitas se multiplican y surgen incómodas e inevitables preguntas: ¿Nos estamos equivocando al dejarnos la piel por una empresa que, llegado el momento, nos va a tratar como a un tornillo más? ¿Tenemos alternativa cuando todo el mundo a nuestro alrededor parece trabajar como un poseso? ¿Qué ha hecho mal ese señor que lleva 20 años en la empresa para convertirse en demasiado mayor a los 52?

Y, ya puestos, ¿quién tiene que responder a estas preguntas? Sin duda, la sociedad y el estado deben, al menos, intentarlo, porque la situación planteada tiene mucho de drama colectivo. Pero, ante todo, somos nosotros los que tenemos que anticiparnos. Y, mal que nos pese, estar preparados para lo peor. Porque la crisis se alarga y las empresas tienen que seguir generando beneficios a costa de lo que sea. Porque la vieja promesa de un puesto de trabajo para toda la vida se desvanece.

Porque todo apunta a que Europa se va a parecer cada vez más a Estados Unidos, dónde cada uno vela por sus intereses sin pensar en los cuidados futuros de Papá Estado. Y, mientras confiamos en que alguien se aplique a disipar los negros nubarrones antes de que nos llegue la edad de la jubilación, puede que la realidad llame a nuestra puerta.

La única manera de estar preparado para un despido es trabajar en la propia empleabilidad: tenemos que saber qué se demanda en el mercado para puestos similares al nuestro e intentar llenar nuestras lagunas. O estar dispuestos a reinventarnos, para lo que es importante dilucidar lo que sabemos hacer más allá de nuestro trabajo actual.

Y, como dice Jordi, asumir ahora que las cosas nos pueden ir peor mañana. “Un despido no tiene por qué ser el fin del mundo”, afirma, con un proyecto de amplia sonrisa en los labios. “Creedme, sé de lo que hablo. Y, por desgracia, os puede pasar a vosotros”. Lo dice sin malicia, mientras se sirve otra copa. Los demás nos miramos. De repente, se nos han quitado las ganas de bromear.

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