lunes, 25 de abril de 2011

Pensando



Ayer acudí como cada año a la fiesta del señor, a la misa de la celebración de la resurrección de Cristo. Primeramente me acerque a la Iglesia con mis dos pequeños, 45 minutos antes de que se iniciará la misa, ya que este día se celebra previamente el encuentro entre la Virgen y su hijo resucitado.



Si no hay otros acontecimientos extraordinarios: Bodas, comuniones, bautizos o funerales es el día en el que me cito con la omilia, en el que observo si algo ha cambiado en los oficios de la comunidad, en el que recupero el misticismo y la comunicación con Dios.




La iglesia es un lugar diferente, solemne, distinto y necesario para quien quiera reflexionar a solas y encontrar su conversación con Dios. Sin duda y bajo mi modesta opinión este es el sentido fundamental de acudir al templo y no la rutina dominical que representa la omilia de quienes se han estancado en la repetición de cantos, salmos y oraciones concevidas para que se aprendan como si de un estribillo se tratase.




En todos estos años las celebraciones eclesiasticas podrían haber cambiado para atraer y mostrar las virtudes del templo y de la oración indivudual o colectiva con un ser superior o simplimente para acomodar una reflexión personal sobre lo que uno esta haciendo diariamente en su vida y reconducir eticamente las cosas. Me doy cuenta sin embargo que no, es más percibo que en ciertos pueblos el sermon se ha instaurado en la petición del parroco para que el individuo se sienta fustigado y reconozca sus pecados, su autoestima y su capacidad de discernir y se abandone a entender la palabra de Dios.



El problema básico es que no muchos de los parrocos, obispos, cardenales son capaces de comunicar con el lenguaje social actual y sobretodo con el ejemplo, cual es el mejor modo de mostrar ese camino a sus feligreses.




¡Ruego a Dios para que les muestre el camino! Amen

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